El jinete de bronce
Author:Paullina Simons

Tatiana se dejó caer en la cama. Si no iban a salir de la ciudad en ese instante, no quería escuchar nada más.

Pasha iba a los campamentos de chicos todos los veranos, en Tolmashevo, Luga, o Gatchina. Pasha prefería Luga porque tenía el mejor río para ba?arse. Tatiana prefería que Pasha fuera a Luga porque estaba más cerca de su dacha y ella podía ir a visitarlo. El campamento de Luga estaba a sólo cinco kilómetros de la dacha, en línea recta a través del bosque. Tolmashevo, en cambio, estaba a veinte kilómetros de Luga, y allí los monitores eran estrictos y querían que todos se levantaran con el alba. Pasha decía que era un poco como estar en el ejército. Ahora sería casi como alistarse, se dijo Tatiana, sin prestar atención a las palabras de su padre.

Sintió el fuerte pellizco que Dasha le dio en la pierna. Se quejó a viva voz, con la esperanza de que su hermana tuviera problemas por hacerle da?o. Nadie le hizo caso. Ni siquiera la miraron. Todas las miradas estaban puestas en Pasha, que permanecía —larguirucho y desma?ado con los pantalones marrones y la camisa beige, raída en el cuello y los pu?os— en el centro de la habitación, con su estampa de adolescente al que todos adoraban. él lo sabía.

Era el hijo favorito, el nieto favorito, el hermano favorito.

Porque él era el único hijo.

Tatiana abandonó la cama y fue junto a su hermano. Le rodeó la cintura con un brazo.

—Alégrate. Tienes mucha suerte —le dijo—. Te marchas al campamento. Yo no voy a ninguna parte.

El muchacho se apartó un poco, pero sólo un poco, no porque ella le molestara, sino porque no se sentía afortunado. Tatiana sabía que su hermano quería ser soldado por encima de cualquier otra cosa. No quería ir a un campamento para chicos.

—Pasha —a?adió alegremente—, primero tendrás que vencerme en la guerra. Después podrás alistarte e ir a pelear contra los alemanes.

—Cállate, Tania —le ordenó Pasha.

—Cállate, Tania —repitió su padre, como un eco.

—Papá, ?puedo hacer mi maleta? Yo también quiero ir al campamento.

—Pasha, ?estás listo? Vamos —dijo el padre, sin siquiera responderle a Tatiana. No había campamentos para chicas.

—Tengo un chiste para ti, querido Pasha —anunció Tatiana, poco dispuesta a dejarse vencer por el malhumor de su hermano.

—No quiero escuchar ninguno de tus chistes estúpidos, querida Tania.

—éste te gustará.

—?Por qué? Lo pongo en duda.

—?Tatiana! —intervino el padre, con voz firme—. éste no es momento para chistes.

Deda intervino en favor de Tatiana.

—Georg, deja hablar a la chica.

—A un soldado lo llevan al paredón. ?Vaya tiempo de perros?, le dice a la escolta. ?Mira quién va a quejarse?, replican los otros. ?Imagínate para nosotros, que tenemos que volver?.

Nadie se movió. Nadie siquiera se sonrió.

Pasha enarcó las cejas, pellizcó a su hermana y susurró:

—Buen chiste, Tania.

Tatiana exhaló un suspiro. Algún día su espíritu relumbraría, pensó, pero hoy no era el momento más adecuado.





2


—Tatiana, nada de despedidas largas. Verás a tu hermano dentro de un mes. Baja y ábrenos la puerta. A tu madre le duele la espalda —le dijo su padre, mientras se preparaban para llevar las cosas de Pasha junto con unas bolsas de comida para el campamento.

—Muy bien, papá.

El apartamento tenía la disposición de un vagón de tren: un pasillo largo al que daban nueve habitaciones. Había dos cocinas, una en la entrada y otra al final. Los ba?os y los aseos estaban adosados a las cocinas. En las nueve habitaciones vivían veinticinco personas. Cinco a?os atrás, eran treinta y tres, pero ocho se habían marchado, muerto o…

La familia de Tatiana vivía al final del pasillo. La cocina de atrás era la más grande de las dos, y tenía escaleras que subían a la azotea y bajaban al patio. Tatiana prefería usar las escaleras de atrás porque podía escabullirse sin pasar por delante de la habitación del loco Slavin.

La cocina de atrás tenía los fogones más grandes que la de delante y el ba?o también era más grande. Sólo otras tres familias compartían la cocina y el ba?o con los Metanov: los Petrov, los Sarkov y el loco Slavin, que nunca cocinaba ni se ba?aba.

Slavin no estaba en ese momento en el pasillo. Bien.