El jinete de bronce
Author:Paullina Simons

Hacía unos segundos estaba durmiendo.

Hacía unos segundos había hablado Molotov.

Hacía unos segundos estaba entusiasmada.

Hacía unos segundos había hablado su padre.

Ahora Pasha se marchaba. Parpadeo, parpadeo, parpadeo.

Deda y babushka mantenían un silencio diplomático, como siempre. Deda, Dios le bendiga, nunca desperdiciaba la oportunidad de estar callado. Babushka era todo lo contrario en ese aspecto, pero en esta ocasión en particular era evidente que había decidido seguir su ejemplo. Quizás era porque la mano de deda le apretaba la pierna cada vez que ella abría la boca, pero cualquiera que fuera la razón, no hablaba.

Dasha, que no tenía miedo a su padre y no se sentía descorazonada por la distante perspectiva de la guerra, se puso de pie.

—Papá, esto es una locura. ?Por qué le haces irse? Los alemanes no están cerca de Leningrado. Has escuchado al camarada Molotov. Están en Crimea. Están a miles de kilómetros de aquí.

—Cállate, Dashenka —ordenó el padre—. No sabes nada de los alemanes.

—No están aquí, papá —repitió Dasha con su voz fuerte que no daba lugar a la discusión.

Tatiana deseaba poder hablar tan persuasivamente como Dasha. Su voz tenía un eco suave, como si todavía le faltara alguna hormona femenina. En muchas cosas apenas si las tenía. Hacía sólo un a?o que había comenzado a menstruar, y así y todo apenas si tenía menstruaciones. Muchas veces le venían cada cuatro meses. Vinieron en invierno, decidieron que no les gustaba y desaparecieron hasta el oto?o. Pero en el oto?o vinieron y se quedaron como si no quisieran marcharse nunca más. Desde entonces, Tatiana las había visto dos veces. Quizá si vinieran con más frecuencia, Tatiana tendría una voz sonora como la de Dasha. Podías poner el reloj en hora con la puntualidad de las menstruaciones de Dasha.

—?Daria! ?No voy a discutir este asunto contigo! —exclamó el padre—. Tu hermano no se quedará en Leningrado. Pasha, vístete. Ponte unos pantalones y una camisa bonita.

—Papá, por favor.

—Pasha, he dicho que te vistas. No podemos perder más tiempo. Te garantizo que todos los campamentos estarán llenos de chicos dentro de una hora, y entonces no conseguiré que te admitan.

Quizá fue un error decirle eso a Pasha, porque Tatiana nunca había visto a su hermano moverse con tanta lentitud. Debió tardar sus buenos diez minutos en encontrar la única camisa de vestir que tenía. Todo el mundo desvió la mirada mientras Pasha se cambiaba. Tatiana volvió a cerrar los ojos y buscó su prado, el agradable olor de las fresas salvajes y las ortigas. Le apetecían unos arándanos. Comprendió que tenía un poco de hambre. Abrió los ojos y miró en derredor.

—No quiero ir —protestó Pasha.

—Será sólo por poco tiempo, hijo. Es por precaución. Estarás seguro en el campamento, libre de cualquier riesgo. Te quedarás allí durante un mes, hasta que veamos cómo va la guerra. Entonces regresarás, y si hay una evacuación, os sacaremos a ti y a tus hermanas.

?Sí! Eso era lo que Tatiana quería oír.

—Georg —dijo deda, en voz baja—. Georg.

—?Sí, papochka? —respondió el padre de Tatiana respetuosamente. Nadie quería a deda más que papá, ni siquiera Tatiana.

—Georg. No puedes evitar que llamen al muchacho. No puedes.

—Claro que puedo. Sólo tiene diecisiete a?os.

—Eso es, diecisiete. —Deda sacudió la cabeza canosa—. Se lo llevarán.

El miedo apareció por una fracción de segundo en la expresión del padre.

—No se lo llevarán, papochka —afirmó el padre, con voz ronca—. Ni siquiera sé de qué estás hablando.

Era evidente que no podía manifestar lo que en realidad deseaba decir: ?Callaos todos de una buena vez y dejadme que salve a mi hijo de la única manera que sé hacerlo?.

Deda se recostó en los cojines del sofá.

Tatiana, que se sentía mal por su padre y quería ayudar, comenzó a decir: —Todavía no…

Pero su madre la interrumpió.

—Pashechka, llévate un suéter, cari?o.

—No quiero llevarme un suéter, mamá —replicó—. ?Es verano!

—Heló hace dos semanas.

—Pero ahora hace calor. No lo llevaré.

—Escucha a tu madre, Pavel —dijo su padre—. Las noches serán frescas en Tolmashevo. Llévate el suéter. —Pasha exhaló un fuerte suspiro de rebeldía, pero cogió el suéter y lo metió en la maleta. Su padre cerró la maleta con llave—. Ahora, escuchadme todos. éste es mi plan…

—?Qué plan? —exclamó Tatiana, un tanto molesta—. Espero que el plan incluya algo de comida porque…

—Ya lo sé —exclamó el padre—. Ahora calla y escucha. Esto te concierne a ti también. —Comenzó a decirles lo que debían hacer.