La lista de los nombres olvidados
Author:Kristin Harmel

Me visto sin mucho esmero —un jersey gris de punto trenzado y unos vaqueros negros ce?idos— y me miro al espejo mientras me cepillo el cabello casta?o oscuro con ondas que me llega hasta los hombros y que, por suerte, todavía no ha empezado a encanecer, aunque, si Annie se sigue comportando así, no tardará en hacerlo. Busco en mi rostro los rasgos de ella, pero, como siempre, es inútil. Curiosamente, no se parece en absoluto ni a Rob ni a mí y por eso una vez, cuando nuestra hija tenía tres a?os, él me preguntó: ??Estás totalmente segura de que es hija mía, Hope?? La pregunta se me clavó en lo profundo del alma. ?Desde luego?, susurré entonces, con lágrimas en los ojos, y él no dijo nada más. Dejando aparte la piel, que adquiría el mismo bronceado parejo y espléndido que la de Rob, la ni?a no tenía casi nada de aquel padre alto, de cabello casta?o y ojos azules.

Examino mis rasgos mientras me aplico una capa de pintalabios color carne y, en las pesta?as claras, un poco de rímel. Aunque los ojos de Annie son de un color gris desigual, como los de Mamie, los míos son de un verde mar poco común, con motas doradas. Cuando yo era más joven, Mamie solía decirme que su apariencia —todo menos los ojos— había saltado una generación y se había depositado en mí. Mi madre, con el cabello casta?o oscuro y liso y los ojos marrones, se parecía a mi abuelo; en cambio, yo soy casi un calco de las viejas fotografías que he visto de Mamie. Sus ojos —pensaba yo— siempre parecían tristes en las fotos viejas y, ahora que los míos acarrean el peso de la vida, nos parecemos más que nunca. Mis labios, muy arqueados —?como el arpa de un ángel?, solía decir Mamie—, eran idénticos a los suyos cuando era joven y en cierto modo tengo la suerte de haber heredado su cutis lechoso, aunque, en el último a?o, me ha aparecido una línea vertical nueva entre las cejas que me hace parecer eternamente preocupada. Claro que, a decir verdad, últimamente las preocupaciones se eternizan.

El sonido del timbre me sobresalta. Me cepillo una vez más el pelo y después, pensándolo mejor, me paso la mano para despeinarlo un poco, porque no quiero parecer demasiado arreglada: que Matt no se piense que esto nos va a llevar a alguna parte.

Al cabo de un momento, abro la puerta y, cuando Matt se agacha para darme un beso, me vuelvo apenas para que sus labios caigan sobre mi mejilla derecha. Huelo la colonia que se ha puesto en el cuello, almizcle?a e intensa. Lleva pantalones color caqui recién planchados, camisa azul clara con un distintivo que no reconozco, pero con pinta de caro, y mocasines marrones brillantes.

—Me puedo cambiar —le digo.

De pronto, me siento fea y sin gracia.

Me mira de arriba abajo y se encoge de hombros.

—Te queda muy bien ese jersey —dice—. Estás bien así.

Me lleva a Fratanelli, un restaurante italiano muy exclusivo, situado a orillas del mar. Trato de no hacer caso cuando el ma?tre echa un vistazo no demasiado sutil a mi indumentaria, antes de conducirnos hasta una mesa a la luz de las velas, junto a la ventana.

—Es demasiado bonito, Matt —le digo cuando el encargado se aleja.

Miro por la ventana hacia lo oscuro y percibo nuestro reflejo en el cristal. Parecemos una pareja —hacemos buena pareja— y la idea me hace apartar la mirada enseguida.

—Sé que te gusta este sitio —dice Matt—. ?No te acuerdas? Vinimos aquí antes del baile del último curso.

Me río y meneo la cabeza de un lado a otro.

—Lo había olvidado.

En realidad, he olvidado un montón de cosas. Durante mucho tiempo me he esforzado por dejar atrás el pasado, pero ?qué dice con respecto a mí el hecho de que, casi veinte a?os después, esté sentada en el mismo comedor con el mismo hombre? Aparentemente, la historia de cada persona solo puede desaparecer hasta cierto punto. Alejo ese pensamiento y miro a Matt.

—Has dicho que querías hablarme de algo.

él baja la vista al menú.

—Pidamos primero.

Miramos los platos en silencio; Matt elige la langosta y yo, los espaguetis a la bolo?esa, lo más barato del menú. Después me mostraré dispuesta a pagar mi parte de la cena y, si Matt no me lo permite, al menos no le habré costado un pastón. No quiero sentirme obligada con él. Después de pedir, Matt respira hondo y me mira. Está a punto de hablar, pero lo corto antes de que diga algo que lo avergüence.

—Matt, ya sabes que te aprecio mucho —comienzo.

—Hope… —me interrumpe, pero levanto la mano.

—Déjame acabar —le espeto y le suelto de carrerilla—: Ya sé que tenemos muchas cosas en común y toda esta historia juntos, claro, y eso es muy importante para mí, pero lo que te quiero decir es que, en mi opinión, no estoy lista para salir con nadie justo ahora ni creo que lo esté hasta que Annie se vaya a la universidad y la verdad es que, para eso, falta un rato.

—Hope…

No le hago caso, porque no quiero quedarme con nada dentro.

—Matt, no es por ti, te lo juro, pero, por ahora, si simplemente pudiéramos ser amigos, sería muchísimo mejor, me parece. No sé qué pasará más adelante, pero, ahora mismo, Annie requiere toda mi atención y…

—Hope, lo que te tengo que decir no tiene nada que ver contigo y conmigo —me interrumpe Matt—. Se trata de la panadería y de tu préstamo. ?Me vas a dejar hablar?

Lo miro fijamente mientras el camarero nos trae una cesta de pan y un platillo con aceite de oliva. Nos sirve vino tinto a los dos —un costoso cabernet que Matt ha elegido sin consultarme— y a continuación desaparece y Matt y yo nos quedamos a solas otra vez.

—?Qué le pasa a mi panadería? —pregunto poco a poco.

—Tengo malas noticias —dice.

Elude mi mirada, pasa un trocito de pan por el aceite de oliva y le pega un mordisco.

—Vale… —lo animo a seguir.

Me da la impresión de que toda la habitación se va quedando sin aire.

—Tu préstamo —dice, con la boca llena—. El banco quiere que lo canceles.

Se me paraliza el corazón.

—?Cómo? —me lo quedo mirando—. ?Desde cuándo?

Matt baja los ojos.

—Desde ayer. Te has atrasado en varios pagos, Hope, y, con la situación actual del mercado, el banco se ha visto obligado a exigir la devolución de unos cuantos préstamos que han sufrido irregularidades en los plazos y lamento decirte que el tuyo ha sido uno de ellos.

Respiro hondo. No me lo puedo creer.

—Pero este a?o he cumplido todos los plazos, hasta ahora. Pues sí, tuve algunos meses complicados hace unos a?os, cuando la economía se fue al garete, pero aquí vivimos del turismo…

—Lo sé.

—?Quién no tuvo problemas entonces?