La lista de los nombres olvidados
Author:Kristin Harmel

—No me lo puedes quitar —objeta—. Me lo he comprado con mi dinero.

Miro alrededor y advierto que la tienda ha quedado en silencio, salvo Jay y Merri, que siguen charlando en el rincón. Gavin me observa con preocupación y las ancianas que están junto a la puerta se me quedan mirando. De pronto, me siento cohibida. Sé que ya parezco la fracasada del pueblo por dejar que mi matrimonio con Rob se fuera al garete —todo el mundo lo considera perfecto y piensan que fui afortunada al casarme con él— y ahora resulta que también como madre dejo mucho que desear.

—Annie —le digo, apretando los dientes—, me haces caso ahora mismo y esta vez quedas castigada por desobedecerme.

—Los próximos días estaré con papá —me rebate, con una sonrisita de suficiencia—, así que no me puedes castigar. ?Te acuerdas? Ya no vives más allí.

Trago saliva. Me niego a permitir que se entere del da?o que me producen sus palabras.

—Fantástico —digo alegremente—. Quedas castigada desde el momento en que pises mi casa.

Despotrica para sus adentros, mira alrededor y parece darse cuenta de que todos la miran.

—Es igual —rezonga y se dirige al cuarto de ba?o.

Suspiro y me vuelvo otra vez hacia Emma.

—Perdona —le digo y advierto que me tiemblan las manos cuando vuelvo a coger la magdalena.

—No te preocupes, guapa. He criado a tres hijas —dice—. Ya se le pasará.

Paga y se marcha y entonces veo que la se?ora Koontz y la se?ora Sullivan, que vienen desde que se inauguró la panadería, hace sesenta a?os, se ponen de pie y se van renqueando, cada una con su bastón. Derek y los gemelos también se preparan para irse, de modo que salgo de detrás del mostrador para recoger los platos. Ayudo a Merri a abotonarse la chaqueta, mientras Derek le sube la cremallera a Jay. Merri me da las gracias por el cupcake y les digo adiós con la mano cuando se van.

Un minuto después, Annie sale del cuarto de ba?o, afortunadamente sin nada de maquillaje. Tira sobre una de las mesas un tubo de rímel, un pintalabios y una cajita de colorete y me fulmina con la mirada.

—Aquí lo tienes. ?Estás contenta? —pregunta.

—Contentísima —le respondo con sequedad.

Se queda allí un momento, como si quisiera decir algo. Me he armado de valor para resistir algún insulto sarcástico, de modo que me sorprendo cuando se limita a decir:

—Dime, ?quién es Leona?

—?Leona? —Busco en mi memoria, pero no encuentro nada—. No lo sé. ?Por qué? ?De dónde has sacado ese nombre?

—De Mamie —dice—. Siempre me llama así y me da la impresión de que, o sea, que la pone supertriste, ?no?

Me quedo de una pieza.

—?Has estado yendo a ver a Mamie?

Cuando murió mi madre, hace dos a?os, mi abuela empeoró de golpe y tuvimos que ingresarla en un hogar para enfermos de demencia.

—Pues sí —responde Annie—. ?Por?

—Es que… no lo sabía.

—Alguien tiene que ir —me suelta.

A juzgar por su expresión de triunfo, estoy segura de que la culpa se me nota en la cara.

—Estoy muy ocupada con la panadería, Annie —le digo.

—Sí, vale, pero yo sí que encuentro el tiempo —dice—. Tal vez, si pasaras menos tiempo con Matt Hines, podrías dedicarle más a Mamie.

—Pero si con Matt no pasa nada…

Me percato de pronto de la presencia de Gavin a escasos metros de distancia y siento que se me arrebolan las mejillas. Lo último que necesito es que todo el pueblo se entere de mis asuntos o de la ausencia de ellos, según se mire.

—Es igual —dice Annie, poniendo los ojos en blanco—. La cuestión es que por lo menos Mamie me quiere. Siempre me lo dice.

Me lanza una sonrisa de suficiencia y sé que me corresponde decir: ?Yo también te quiero, cielo? o ?Tu papá y yo te queremos mucho? o algo por el estilo. ?Acaso no es eso lo que se espera que diga una buena madre? Por el contrario, como soy una mala madre, lo que me sale es decirle:

—?Ah, sí? Pues a mí me da la impresión de que le está diciendo que la quiere a una persona llamada Leona.

Annie se queda boquiabierta y me mira fijamente un minuto. Quiero acercarme a ella, darle un abrazo y pedirle perdón, decirle que lo he dicho sin querer, pero, sin darme tiempo, gira sobre sus talones y sale de la panadería dando zancadas, aunque no sin antes dejarme ver las lágrimas que le asoman por las comisuras de los ojos. No mira atrás.

Se me parte el corazón y me quedo mirando el lugar por donde se ha ido. Me desplomo en una de las sillas donde estaban sentados los gemelos y me cojo la cabeza con las manos. Lo estoy haciendo todo mal, pero lo que peor hago es relacionarme con las personas que quiero.

No me doy cuenta de que Gavin está de pie a mi lado hasta que siento su mano en mi hombro. Levanto la cabeza de golpe, sobresaltada, y descubro un agujerito en el muslo de sus vaqueros deste?idos. Por un instante me dan unas ganas extra?as de ofrecerme a zurcírselo, pero eso es ridículo: no se me da mejor usar hilo y aguja que lo de ser madre o mujer casada. Muevo la cabeza de un lado a otro y alzo la mirada, por encima de su camisa de franela azul a cuadros hasta su rostro, en el que se observa la sombra espesa de una barba oscura sobre la mandíbula firme. Su gruesa mata de cabello oscuro da la impresión de no haber sido peinada desde hace días, pero, en lugar de darle un aspecto descuidado, lo vuelve muy atractivo, de una manera que me hace sentir incómoda. Los hoyuelos que se le forman cuando me sonríe con dulzura me recuerdan lo joven que es: veintiocho —pienso— o tal vez veintinueve. De pronto me siento una anciana, aunque solo tengo siete u ocho a?os más que él. ?Cómo será ser así de joven y no tener ninguna responsabilidad verdadera: ni una hija preadolescente que te odie ni un negocio que amenaza ruina al que tienes que rescatar?

—No te agobies, Hope —dice; me da una palmadita en la espalda y carraspea—. Ella te quiere. Eres una buena madre.