La lista de los nombres olvidados
Author:Kristin Harmel

—?Qué tal, Matt? —Trato de usar un tono de voz neutro y amistoso—. ?Quieres una taza de café? Como te he hecho esperar, invita la casa.

Antes de que me conteste, ya se lo estoy sirviendo, porque sé exactamente cómo le gusta: dos sobrecitos de azúcar y uno de nata en un vaso para llevar, con el que irá hasta el Bank of Cape Cod —es el vicepresidente regional— para empezar a ocuparse del papeleo antes de abrir al público. Como trabaja a tan solo dos manzanas, siguiendo por Main Street, pasa por aquí una o dos veces por semana.

Matt asiente con la cabeza y acepta con una sonrisa el café que le ofrezco.

—?Quieres algo más? —pregunto, se?alando el exhibidor. Llevo desde las cuatro aquí y, aunque aún no he acabado, ya hay suficientes pastas recién hechas. Alargo el brazo para coger una especie de pastelillo minúsculo: una estructura de pasta filo rellena con pasta de almendra con sabor a limón y pintada con agua de rosas y miel—. ?Qué te parece una tartaleta rosada de almendras? —le pregunto, mientras se la ense?o—. Sé que son tus preferidas.

Duda apenas un segundo y alarga la mano. Prueba un bocado y cierra los ojos.

—Has nacido para esto, Hope —dice con la boca llena.

Aunque sé que lo dice como un cumplido, sus palabras me afectan mucho, porque nunca tuve la intención de dedicarme a cocinar. No era el tipo de vida que pretendía y Matt lo sabe, pero mi abuela se puso enferma, mi madre murió y no me quedó otro remedio.

Paso por alto sus palabras, como si no me molestasen, mientras Matt dice:

—Oye una cosa. En realidad, he venido esta ma?ana para hablarte de algo. ?Tienes un segundo para sentarte aquí conmigo?

Advierto de pronto que su sonrisa parece un poco forzada. Me sorprende no haberlo notado antes.

—Es que… —Miro hacia el obrador. Pronto tendré que retirar del horno los pastelillos de canela, pero dispongo de algunos minutos antes de que suene el reloj y, como es temprano, aún no ha venido nadie más, de modo que me encojo de hombros—. Vale, de acuerdo, pero solo un minuto.

Me sirvo una taza de café solo —la tercera que bebo esta ma?ana— y me siento en la silla enfrente de Matt. Me apoyo en la mesa y me preparo para que vuelva a invitarme a salir. No sé muy bien qué decirle, porque, después de concentrarme todos estos a?os en mi marido y mi hija, he perdido la mayoría de las amistades que tenía y, de puro egoísta, no quiero perder también a Matt.

—?Qué pasa?

Por el silencio que precede a su respuesta, me da la impresión de que hay algún problema, aunque puede deberse a que últimamente me he acostumbrado a recibir malas noticias: el cáncer de mi madre, mi abuela con demencia, mi marido que decide que ya no quiere seguir casado conmigo. Por eso, me sorprendo cuando Matt dice:

—?Cómo está Annie?

Lo observo con detenimiento y mi corazón late aceleradamente mientras me pregunto si sabrá algo que ignoro.

—?Por qué? ?Qué ha pasado?

—Nada, solo pregunto —responde Matt enseguida—. Por cortesía, por hablar.

—Ah —exclamo, aliviada al ver que no es portador de malas noticias. No me habría sorprendido enterarme de que habían pillado a mi hija cometiendo alguna estupidez, como robar en una tienda o pintar el instituto con aerosol. Desde que su padre y yo nos hemos separado, está rara: tensa, nerviosa e irritada. Más de una vez y sintiéndome culpable, he registrado su habitación, pensando que encontraría cigarrillos o droga, pero, hasta ahora, la única manifestación de un cambio en mi Annie es su inmenso resentimiento—. Perdona —le digo—, pero siempre estoy esperando que salga mal algo más.

Aparta la mirada y me pregunta:

—?Y si salimos esta noche a cenar tú y yo? Annie se vuelve a quedar en la casa de Rob, ?no?

Hago un gesto de asentimiento con la cabeza. Mi ex y yo nos repartimos la custodia a partes iguales: es un arreglo que no me satisface, porque me da la impresión de que resta estabilidad a la vida de Annie.

—No lo sé, Matt —digo—. Lo que pasa es que… —Busco palabras que no hagan da?o—. Creo… Me parece demasiado pronto, la verdad. Hace tan poco del divorcio y Annie lo está pasando mal. Creo que lo mejor sería que solo…

—No es más que una cena, Hope —me interrumpe Matt—. No te estoy pidiendo que te cases conmigo.

Las mejillas se me ponen rojas como tomates.

—No, claro que no —farfullo.

Echa a reír y me coge las manos.

—Relájate, Hope. —Cuando vacilo, sonríe apenas y a?ade—: Tienes que comer, ?no?

—De acuerdo, vale —digo.

Justo en aquel momento se abre la puerta de la panadería y entra Annie con la mochila colgada de un hombro y gafas de sol oscuras, aunque ni siquiera ha despuntado el día. Se para en seco y nos mira fijamente un instante; de inmediato sé lo que está pensando. Alejo las manos de Matt, pero es demasiado tarde.

—Estupendo —dice. Se quita las gafas con brusquedad, se echa la melena larga y ondulada, color rubio apagado, por encima del hombro y nos clava la mirada de tal modo que sus ojos grises oscuros parecen más tempestuosos de lo habitual—. ?Estabais a punto de, o sea, empezar a daros el lote, si no llego a venir?

—Annie —le digo, poniéndome de pie—, no es lo que parece.

—Es igual —masculla.

Se ha convertido en su expresión preferida.

—No le faltes al respeto a Matt —digo.

—Es igual —repite y esta vez pone los ojos en blanco, para darle más énfasis—. Me quedaré atrás, así podéis, o sea, seguir con lo que estuvierais haciendo.

La observo con impotencia cuando arremete contra las puertas dobles que conducen al obrador. Oigo que arroja la mochila sobre la encimera —el peso hace tintinear los boles de acero inoxidable que dejo apilados allí— y hago una mueca.

—Perdona —le digo, volviéndome hacia Matt, que mira fijamente el lugar por el que se ha marchado Annie.

—Menuda ni?a —dice.

Suelto una risa forzada.

—Chavales.

—Francamente, no sé cómo se lo aguantas —dice.