La lista de los nombres olvidados
Author:Kristin Harmel

Rose miró por la ventana, buscando, como siempre, la primera estrella que sale sobre el horizonte. Estaba segura de que aparecería —titila y brilla tanto que parece una llama eterna— en cuanto el sol poniente pintara en el cielo cintas de fuego y luz. Cuando ella era ni?a, al crepúsculo lo llamaban l’heure bleue, la hora azul, la hora en la que la tierra no estaba del todo clara ni del todo oscura. Siempre la había reconfortado aquel espacio intermedio.

El lucero vespertino que aparecía todas las noches durante el crepúsculo aterciopelado siempre había sido su preferido, aunque en realidad no era una estrella, sino el planeta Venus, el que llevaba el nombre de la diosa del amor. Ella lo había aprendido hacía tiempo, pero, en realidad, daba igual, porque aquí, en la tierra, costaba distinguir lo que era una estrella de lo que no lo era. Durante a?os había contado todas las estrellas que podía ver en el firmamento por la noche. Siempre buscaba algo, pero todavía no lo había encontrado. No se lo merecía —estaba segura— y eso la apenaba. Muchas cosas la apenaban en aquellos momentos, pero, algunas veces, de un día para otro, no podía recordar por qué lloraba.

Alzheimer. Sabía que tenía esa enfermedad. Lo había oído susurrar en las salas. Había observado a sus vecinos del hogar, que llegaban y se marchaban e iban perdiendo la memoria a medida que pasaban los días. Sabía que a ella le estaba ocurriendo lo mismo y eso la asustaba por motivos que nadie entendería. No se atrevía a expresarlos en voz alta. Era demasiado tarde.

Rose sabía que la joven del cabello casta?o brillante, los rasgos familiares y los ojos hermosos y tristes acababa de decirle quién era, pero ella ya lo había olvidado. Un pánico conocido le subió hasta la garganta. Ojalá pudiera aferrarse a los recuerdos como si fueran cuerdas de salvamento y guardarlos antes de hundirse, pero le resultaban resbaladizos —no podía agarrarlos—, de modo que carraspeó y, con una sonrisa forzada, se aventuró a expresar su mejor conjetura: —Josephine, cielo, busca el lucero en el horizonte —dijo.

Se?aló el espacio vacío en el cual sabía que en cualquier momento aparecería el lucero vespertino. Esperaba haber acertado. Hacía mucho que no veía a Josephine. O tal vez sí. Era imposible saberlo.

La joven de ojos tristes carraspeó y dijo:

—No, Mamie; soy Hope. Josephine no está aquí.

—Ah, sí, claro, ya lo sé —se apresuró a rectificar Rose—. Me debo de haber equivocado al decirlo.

No podía permitir que nadie —ninguno de ellos— supiera que estaba perdiendo la memoria. ?Qué vergüenza!, ?verdad? Como si no los quisiera lo suficiente para recordarlos: le resultaba embarazoso, porque ocurría todo lo contrario. Tal vez, si disimulaba un poco más, las nubes se disiparían y sus recuerdos regresarían de dondequiera que hubiesen ido a esconderse.

—No pasa nada, Mamie —dijo la joven, que parecía demasiado mayor para ser Hope, su única nieta, que no podía tener más de trece o catorce a?os. Sin embargo, Rose podía ver las arrugas de preocupación grabadas en torno a los ojos de la joven: demasiadas arrugas para una ni?a de esa edad. ?Qué la preocuparía? Tal vez la madre de Hope supiera lo que no iba bien. Tal vez entonces Rose pudiera ayudarla. Quería ayudar a Hope, pero no sabía cómo.

—?Dónde está tu madre, querida? —le preguntó Rose a Hope con amabilidad—. ?Va a venir?

Rose tenía tantas cosas que quería decirle a Josephine, tanto de que disculparse, y temía que se le estuviera acabando el tiempo. ?Por dónde empezaría? ?Le pediría perdón primero por sus numerosos errores? ?Por su frialdad? ?Por ense?arle, sin querer, todo al revés? Rose sabía que había tenido muchas oportunidades de pedir perdón en el pasado, pero las palabras siempre se le quedaban atragantadas. Tal vez fuera hora de obligarse a decirlas, para que Josephine las oyera antes de que fuera demasiado tarde.

—?Mamie? —dijo Hope con vacilación.

Rose le sonrió con dulzura. Sabía que Hope crecería algún día y llegaría a ser una persona buena y fuerte. Josephine también era esa clase de mujer, pero su personalidad estaba envuelta en tantas capas de defensa, como consecuencia de los errores de Rose, que costaba darse cuenta.

—Dime, querida —dijo Rose, porque Hope había callado.

De pronto, Rose se imaginó lo que Hope estaba a punto de decir. Ojalá pudiera impedírselo antes de que las palabras le hicieran da?o, pero era demasiado tarde. Siempre era demasiado tarde.

—Mi madre, Josephine, ha muerto —dijo Hope con suavidad—. Hace dos a?os, Mamie. ?No te acuerdas?

—?Mi hija? —preguntó Rose y la tristeza rompió sobre ella como una ola—. ?Mi Josephine?

La verdad la cubrió como la marea y por un instante Rose se quedó sin aliento. Se sorprendió de los trucos que le jugaba la memoria, que se llevaba los recuerdos infelices, arrastrándolos al mar.

Sin embargo, algunos recuerdos —Rose lo sabía— no se podían borrar, ni siquiera cuando uno se ha pasado toda la vida fingiendo que no están allí.

—Lo lamento, Mamie —dijo Hope—. ?Lo habías olvidado?

—No, no —se apresuró a responder—, claro que no. —Hope apartó la vista y Rose la miró fijamente. La joven le recordó por un instante a algo o a alguien, pero, antes de que pudiera atraparlo, el pensamiento se alejó, revoloteando fuera de su alcance, como una mariposa—. ?Cómo iba a olvidar algo así? —dijo Rose con suavidad.

Estuvieron sentadas un rato en silencio, mirando por la ventana. El lucero vespertino ya había salido y Rose no tardó en poder ver las estrellas de la Osa Mayor. Una vez, su padre le dijo que aquella era la cacerola de Dios y, como él le había ense?ado a hacer, siguió la línea de la estrella llamada Merak hasta la llamada Dubhe y encontró a Polaris, la Estrella Polar, que justo empezaba a abrir para ella su ojo somnoliento en el cielo infinito. Sabía el nombre de muchísimas estrellas y a las que no sabía cómo se llamaban las había bautizado ella misma con el nombre de personas que había perdido hacía mucho tiempo.